Temporada de huracanes, una muestra

Hace un tiempo andaba algo agobiado por la música que escuchaba. Vagabundeaba alrededor de ciertos grupos y de algunos discos que ya tenía más que pisoteados. Me gustaban, y me gustan, pero me parecía que estaba anclado, quería conocer otros grupos y discos. 

Me aventuré a buscar en la vasta internet esas listas de “los mejores discos de rock de todos los tiempos”. Reconozco que no era un gran aventura ya que el rock es mi género preferido, pero sí es verdad que sentía que no conocía todo lo que había que conocer. 

Leí varios blogs y muchas de estas listas con intención de hacerme una lista propia. Por supuesto, conocía la mayoría de los álbumes que estos blogs comentaban; y de todos ellos conocía dos o tres canciones, pero creo que pocos de los discos los había escuchado enteros, como una sola pieza.

Después de estudiar un poco las listas, me centré, por empezar por algún lugar, en dos de los más repetidos. A saber:

  • The rise and fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars, de David Bowie
  • Hotel California, de The Eagles

Todavía no me hago a la idea del acierto del experimento. Pero no he venido a hablar de música, vengo a hablar de recomendaciones.

En este mundillo de innumerables novedades es muy importante encontrar buenos recomendadores, buenos prescriptores. Uno de mis principales medios es el podcast “El café de Mendel”. El dúo formado por Jan Arimany y José Carlos Rodrigo se empeñan capítulo tras capítulo en acercarnos a la Literatura y en contagiar su pasión.

Sin entrar en detalles, diré que en su podcast escuché por primera vez hablar de Temporada de huracanes, de Fernanda Melchor —aquí quería llegar yo—. Después de esa vez, he escuchado muchas cosas buenas de esta historia. Entonces me decidí a leerlo, igual que me decidí a escuchar a Bowie y a The Eagles. Y puedo decir que no me arrepiento. Es un libro sublime, magnífico. Todo lo que yo pueda decir se queda pequeño al lado de este primer capítulo que te dejo como muestra.

Temporada de huracanes, Fernanda Melchor. Capítulo I

Llegaron al canal por la brecha que sube del río, con las hondas prestas para la batalla y los ojos entornados, cosidos casi en el fulgor del mediodía. Eran cinco, y su líder, el único que llevaba traje de baño: una trusa colorada que ardía entre las matas sedientas del cañaveral enano de principios de mayo. El resto de la tropa lo seguía en calzoncillos, los cuatro calzados en botines de fango, los cuatro cargando por turnos el balde de piedras menudas que aquella misma mañana sacaron del río; los cuatro ceñudos y fieros y tan dispuestos a inmolarse que ni siquiera el más pequeño de ellos se hubiera atrevido a confesar que sentía miedo, al avanzar con sigilo a la zaga de sus compañeros, la liga de la resortera tensa en sus manos, el guijarro apretado en la badana de cuero, listo para descalabrar lo primero que le saliera al paso si la señal de la emboscada se hacía presente, en el chillido del bienteveo, reclutado como vigía en los árboles a sus espaldas, o en el cascabeleo de las hojas al ser apartadas con violencia, o el zumbido de las piedras al partir el aire frente a sus caras, la brisa caliente, cargada de zopilotes etéreos contra el cielo casi blanco y de una peste que era peor que un puño de arena en la cara, un hedor que daban ganas de escupir para que no bajara a las tripas, que quitaba las ganas de seguir avanzando. Pero el líder señaló el borde de la cañada y los cinco a gatas sobre la yerba seca, los cinco apiñados en un solo cuerpo, los cinco rodeados de moscas verdes, reconocieron al fin lo que asomaba sobre la espuma amarilla del agua: el rostro podrido de un muerto entre los juncos y las bolsas de plástico que el viento empujaba desde la carretera, la máscara prieta que bullía en una miríada de culebras negras, y sonreía.

Como has podido comprobar, es un increíble principio para una historia. Está lleno de Literatura. No te miento si te digo que toda la novela es de este nivel. Te animo a que la leas y me comentes qué te ha parecido. Y si ya la has leído… pues también.

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