Hay muchas cosas que nos distinguen de las inteligencias artificiales, pero hoy voy a detenerme en algo que nos atañe a los escritores y escritoras: la vergüenza.

Por no extenderme mucho: para mí, un escritor es alguien que tiene algo que contar y lo hace de forma literaria. Hay mil matices posibles que tienen cabida en esta definición, pero creo que se ajusta bastante a la verdad y me sirve para lo que quiero contar.
Es primordial para mí que, en una novela, haya una historia que narrar. Creo que todos estaremos de acuerdo. Y también lo estaremos en que la necesidad de contar esa historia es genuinamente humana. Pensemos en una niña que sale del colegio deseando ver a su madre para contarle eso tan extraordinario que le ha pasado en su día. En ese momento empieza a soltar las palabras, las adorna, se detiene en los detalles, avanza, luego vuelve horas atrás porque recuerda un dato importante y así va tejiendo su historia. Está claro que no tiene la mejor técnica narrativa, pero es impulsada por la necesidad de contarlo.
Centrémonos en esa niña y en su necesidad: ¿Por qué iba querer nuestra protagonista delegar esa necesidad que le invade en un aparato que ni siquiera entendería los pormenores, la gracia de la anécdota, el alma de la historia?
¿Por qué querría un escritor tomar ese atajo? La única razón que se me ocurre es que en realidad no es escritor, ni quiere serlo. Lo único que quiere es ver su nombre en una cubierta y ganar algo de dinero en el viaje. Eso no es ser escritor, bajo mi punto de vista.
Además, y esto entronca con el principio del post, poner tu nombre en la cubierta implica algo más que recoger el dinero de las regalías. Implica defender la obra, en forma y en fondo. Explicar los pormenores de tu novela y someterse al escrutinio de los lectores. En ese campo de batalla la IA no va a ayudarte, eso lo tienes que defender tú solito. Y es más fácil defender algo que has creado tú que algo que te han proporcionado otros.
Ahí es donde entra en juego la vergüenza. Algo que nuestras queridas IIAA no saben qué es. Seguro que si le preguntamos nos dará una bonita definición, pero seamos claros: sentir es saber. Para saber lo que es la vergüenza hay que haberla sentido alguna vez. Y la IA no la ha hecho nunca. De ser así ya tendrían que tener terapeutas para las artificiales inteligencias.
Prueba de la falta de vergüenza es que el algoritmo no tiene reparos en repetir una fórmula narrativa hasta la saciedad. Una contraposición vacía de ideas. No es narrativa, sino fórmulas repetidas. Cien veces el mismo tipo de disyuntiva en doscientas páginas, por ejemplo. Las inteligencias artificiales (al menos las que usamos los consumidores de a pie) no tienen escrúpulos.
Todo esto me lleva a hacer varias preguntas:
¿De verdad alguien quiere firmar algo que no ha escrito? (Ana Rosa, usted no hace falta que conteste)
¿En serio me estás diciendo que alguien que se haga llamar escritor quiere dar la cara por algo escrito mecánicamente, sin alma?
¿Quieres que una máquina (por muy sofisticada que te digan que es) escriba esa historia por ti?
Si tu respuesta a alguna de estas preguntas, después de recapacitar, es que sí, recuerda que, cuando la IA te escriba la novela, la vergüenza la vas a poner tú.