Sobre la publicación de El odio, de Luisgé Martín.
En la cultura estadounidense (que es muy nuestra también), existe una noción muy extendida sobre el respeto al tiempo de duelo tras una tragedia, encapsulada en la expresión too soon (demasiado pronto). Se trata de una advertencia que surge cuando alguien intenta hacer una broma o un comentario ligero sobre un suceso traumático antes de que la sociedad esté emocionalmente preparada para procesarlo con distancia. No es una regla escrita, pero sí una especie de consenso implícito: ciertos eventos necesitan un periodo de respeto antes de convertirse en materia de análisis satírico, ficción o incluso debate público desapasionado.
Este concepto se hizo particularmente visible tras el 11-S. Durante años, cualquier chiste sobre los atentados era inmediatamente rechazado con un “too soon”. La herida estaba demasiado fresca, el dolor demasiado presente. Con el tiempo, esa barrera se ha ido diluyendo, y el humor negro o las referencias culturales han encontrado su espacio. Pero la clave está en el proceso: la sociedad necesita tiempo para transformar una tragedia en historia, para que las víctimas no sean nombres y rostros concretos, sino parte de un relato más amplio.
Esa noción de “demasiado pronto” no solo aplica al humor. También es una cuestión de sensibilidad cuando se trata de la representación de la violencia y el sufrimiento en medios, literatura o cine. Los juicios de valor sobre si algo es demasiado pronto dependen del contexto y de la percepción de la audiencia, pero en última instancia reflejan una preocupación ética: ¿se está respetando el duelo de quienes han perdido algo irrecuperable?¿Se está contribuyendo a una reflexión útil o simplemente explotando el morbo? En el caso de El odio, la pregunta no es si se puede publicar el libro, cosa que un juez ya ha determinado, sino si es el momento adecuado para hacerlo.
La publicación de El odio, el libro de Luisgé Martín, en mi opinión, ha reabierto una herida que nunca ha terminado de cerrarse. Bajo el pretexto de la exploración literaria y el análisis del mal, la obra ha acabado colocando en el centro del debate a un asesino, cuando quienes deberían importar son las víctimas y sus seres queridos. No es un problema de censura ni de libertad de expresión: es una cuestión de humanidad.
El sufrimiento de Ruth Ortiz, madre de los niños asesinados, no es un detalle secundario ni una simple consecuencia colateral de la publicación. Es el núcleo del conflicto. ¿Qué importa más en este caso? ¿El posible valor literario o informativo del libro, o el daño real y tangible que provoca en quienes han sufrido directamente el horror? Para Ortiz, el libro es una revictimización que le impone revivir la tragedia en cada titular, en cada comentario, en cada análisis que se haga sobre la historia de un asesino que ya le arrebató todo.
A esto se suma otro factor clave: estamos demasiado cerca, tanto en el tiempo como culturalmente, de los hechos. No han pasado décadas, no es un suceso remoto perdido en los archivos judiciales. Es un crimen aún presente en la memoria colectiva, que marcó a la sociedad española y, sobre todo, destrozó la vida de una madre. En este contexto, resulta difícil justificar la necesidad de una obra que, por mucho que intente analizar el mal, no deja de exponer una y otra vez la misma herida.
Los libros pueden aportar reflexión, pero también pueden avivar el morbo. Y cuando el precio de una publicación es el dolor de una víctima que aún está viva, convendría preguntarnos si el beneficio literario compensa el coste humano. En este caso, la respuesta parece clara: NO.
Para finalizar, aunque el fin de este artículo no es juzgar a nadie, creo que es justo poner un enlace al comunicado que emitió la editorial Anagrama sobre la publicación de este libro. Pincha aquí para leerlo.