La infancia frente al monstruo

La presa, de Kenzaburo Oé

Cuando empecé a leer La presa, de Kenzaburo Oé, no esperaba una novela con tantos matices como tiene.

Es una novela de iniciación, donde el narrador da un paso de la infancia a la madurez a través de un episodio violento salpicado de situaciones cómicas.

Es una novela de cautivo salvaje, con unas descripciones de “la presa” impresionantes en las que ese cautivo más bien parece un orco o un demonio.

Es una novela de espejos, con ese Morro de liebre intentando domesticar un perro salvaje, igual que luego intentarán con la “bestia” cautiva. 

Es, por encima de otras cosas, una novela imaginativamente descriptiva, donde cada escena parece cobrar vida a través de los sentidos: los olores del bosque, el murmullo del río, la luz que se filtra entre las chozas, las miradas que nunca terminan de decirlo todo.

La acción se sitúa en una isla que, a su vez, está contenida en otra isla: un mundo reducido, casi suspendido fuera del tiempo, donde la guerra es apenas un rumor lejano, pero lo suficientemente cercano como para deformar la inocencia. Esa doble insularidad acentúa la sensación de aislamiento y de microcosmos autosuficiente, en el que los niños observan y aprenden de los adultos sin llegar a comprenderlos del todo.

La llegada del prisionero —esa figura ambigua, aterradora y fascinante— actúa como catalizador. Es el elemento que pone en evidencia los límites de la comunidad, su miedo, su violencia y también su fragilidad. Para los niños, sin embargo, la presa es algo distinto: es un puente hacia lo desconocido, hacia la experiencia directa del cuerpo, del dolor, de la culpa, de la amistad y del horror.

En este sentido, La presa es también una novela sobre la mirada: la mirada que transforma al otro en monstruo, la mirada que intenta comprender, la mirada que descubre la propia sombra. Oé consigue que el lector se mueva en ese filo, sin ofrecer explicaciones fáciles ni condenar abiertamente a ninguno de sus personajes.

Al final, lo que permanece no es sólo el episodio violento en sí, sino la toma de conciencia que deja tras de sí: el descubrimiento de que la infancia puede romperse, que la comunidad puede destruir lo que no entiende, y que la identidad se forma tanto a través de la belleza como de la brutalidad.

La presa es una novela breve pero densa, inquietante y profundamente humana, que sigue resonando cuando se cierra el libro.

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